Armo la mochila, pongo la bateria recién cargada en la cámara, chequeo el clima, a pesar del sol, se que me va a hacer frío en el camino, la mañana esta helada. Mientras tomo mate repaso mentalmente para no olvidarme de nada.

Volvi lentamente al ritmo de las sesiones, por momentos dudé sobre cómo iba a retomar, incluso sentí la inseguridad más rara jamás pensada, dude si iba a recordar cómo hacer mi trabajo, no hablo de cómo usar la cámara, hablo de todo el mundo de emociones e intuiciones, de la sensibilidad y de la capacidad de percibir e interactuar con un otro.

Busco mi bufandon a cuadros, me pongo el barbijo y salgo, “Voy en camino Gabi”. Mi agenda marca una sesión en casa para comenzar a contar la historia de patricio que aún habita la panza de Gabi.

Sólo me pido una cosa en cada sesión… tener la sensibilidad suficiente para estar a la altura de cada historia, para saber mirar, empatizar, para conectar con el momento, fotografiar a veces puede ser como meditar.

Conectar, relatar, narrar, fotografiar y agradecer.

Gracias.